Al dejar a la Niña ahí parada sobre un amanecer que se enredaba por una noche agitada, después de dejar a la Niña me regresé al edificio abandonado, simulando la discreción, perdido en sangre. Mis pasos eran gotas de tragedia en una vida perdida; la ternura de la compulsión por asesinar se marcaba sobre los siniestros colores de las sombras.
Me quedé varios días perdido, pensando los pensamientos, recobrando recuerdos, a veces la recordaba a Ella con su cabello dorado en los buenos días, la recordaba con más fuerza, la recordaba desde el incomodo destino. Por Ella había querido vivir, y Ella fue quien me hizo querer morir; y de morir a matar solo di un paso.
Cuando se mata, uno se pierde en recuerdos vagos, en culpas de justificación y señala los puntos muertos de un subconsciente extraviado. Ya me estaba cansando de matar, ya me estaba cansando de vivir y tenía que culpar a alguien, debía de justificar mis actos responsabilizando a otros. En un inicio la culpe a Ella, después, culpé a la vida, la gente, a los prójimos, a los fantasmas de los niños que me volvían loco por las tardes y por las mañanas; por último culpé a Dios, aunque en él, nunca hubiera depositado mi fe.
Me quedé más tiempo del suficiente compadeciéndome y compadeciendo a mis víctimas, me quedé arrinconado en el piso, recostado en el vientre de la oscuridad, consintiendo la soledad de una realidad irreal.
No comprendía si era mejor morir en el remordimiento o si morir por error, cada asesinato era una mirada que se pegaba en las pesadillas, el Gordo, los Policías, los Asaltantes, el Licenciado... cada muerto tenía una mirada distinta tatuandose en la configuración de las paredes. Sin embargo, cuando llegaba a los ojos de la Niña de mirada lejana, las retóricas eran más profundas, más punzantes, la contradicción de matarla y quererla viva, el dialogo confundido entre amarla y saberla perdida.
Las fuerzas para matar se extinguían y la necesidad de morir se acrecentaba. Bosques de olivo y aceite de oliva se patinaban en el requerimiento de un pasado no vuelto. Y de pronto, entre las conjeturas, recordé que el Licenciado tenía dueño, que el Licenciado no estaba solo y que el Dueño me buscaría por todos los rincones, recordé que no había terminado de matar ni de morir. Por un momento, recordé que mi forma de morir era matando.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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